Pasos de laura

Imagen de un cuadro: el rostro triste y apacible de Cristo observa la Luna que, desde un claro en el cielo nocturno, ilumina los contornos azulados de las nubes que la rodean. Sonidos de pájaros y algún grito lejano tras el paso de un vehículo, se filtran desde el exterior, avasallados en todo momento por el claro y preciso andar de un reloj a cuerda. Sobre la pared en donde está colgado el cuadro, justo debajo de éste, se apoya la cabecera de una gran cama de bronce, donde una pareja de ancianos duerme dándose las espaldas. Unos pálidos rayos de luz atraviesan la penumbra y reproducen sobre una pared rosada el bordado de las cortinas que se mecen con la brisa. Desde la mesita de luz junto al anciano, un reloj redondo de tres patas marca con sus agujas doradas la una en punto. Al otro lado de la cama la mujer duerme tranquila, hasta que el súbito estruendo de un portazo no muy lejano hace temblar sus párpados; el posterior repiqueteo de unas suelas que retumban al correr, le hace abrir los ojos definitivamente.

 

*

 

La amplia habitación, de altísimas paredes rosadas, es inundada por la incesante luz de la tarde. La mujer, recostada sobre la cabecera, permanece en silencio, con los brazos cruzados y el rostro lloroso.
Sentado al borde de la cama, el anciano se toma la cara con ambas manos, sus palabras suenan cansadas

-¿Qué querés que haga?

La anciana responde secamente

-No sé.

-Ya le dije mil veces que entre sin hacer ruido…

-Entonces algo hay que hacer ¿No?- retruca la mujer con mayor dureza y sequedad

-¿Qué querés que haga?

-Algún día va a haber que retarla.

-¿Tan grave es?

-Vos porque no oís nada…

-¿Te ponés los algodones, como habíamos dicho?

-¡Sí! Igual me despierta. ¡Además estoy harta de no tener paz en mi propia casa!

Se produce un largo silencio

-Sabés que no le puedo pegar…

El hombre hace una pausa, une sus manos como en un rezo, cabizbajo, y murmura

A Lila nunca hubo que retarla…

-Ya sé… Pero algo tenemos que hacer, no puede hacer lo que
quiera…

-Está bien, hoy se va a la cama sin cenar.

 

*

 

Comedor. La araña de bronce y cristales, que pende sobre la mesa dispuesta para la cena, ilumina cenitalmente los rostros apesadumbrados de los ancianos. El hombre, sentado en la cabecera, observa la silla vacía frente a la cual no hay cubiertos ni plato. A su lado, la mujer termina de tragar la comida sin demasiado entusiasmo. La anciana se limpia la boca con una servilleta y susurra con benevolencia

-¿No vas a comer nada?

Él le retribuye con una austera sonrisa y toma su mano.

 

*

 

Habitación. El minutero del despertador se posa en el doce romano para marcar la una en punto. Un portazo y los posteriores pasos resuenan con mayor violencia que en la tarde anterior. La anciana abre los ojos y se incorpora con la agilidad de una persona joven. Sacude al marido que tarda en despertar

-¿Qué pasa?

La anciana lo mira enfurecida y agotada, con los ojos cargados de lágrimas. El hombre se levanta y comienza a vestirse sin pronunciar una palabra. Desde la cama, la mujer lo sigue atentamente con la mirada. El anciano extrae un cinturón de un cajón del aparador, sale, y cierra la puerta desde afuera.
El hombre camina decidido por el amplio hall de entrada, similar a un patio interior, al que dan todas las habitaciones. Los cristales que cubren todo el frente, refractan la intensa luz del mediodía obligando al anciano a entrecerrar los ojos.
Pasa frente al comedor y llega hasta una habitación al otro lado del hall. El hombre golpea la puerta

-Laura…

No obtiene respuesta

-¡Abrí, Laura!

Espera unos instantes, y abre la puerta. Parado como una sombra bajo el vano, el anciano recorre con la mirada el cuarto que tiene las persianas cerradas. En la penumbra se recortan los contornos de los juguetes amontonados en la cama, un delicado jarroncito con flores sobre la mesita de luz, un cuadro ovalado con la Virgen y el cordero, varios frasquitos de perfume sobre un aparador. El hombre cierra la puerta y camina lentamente hasta el comedor

-¡Laura!

El timbre de la casa suena como un chillido, que sobresalta al anciano. Dos siluetas aparecen por detrás de los vidrios del frente. El hombre se acerca con cautela a la puerta. La puerta se abre y el anciano asoma un ojo. Dos hombres de traje y sombrero, no muy elegantes, aguardan en la escalera de piedra. Uno es muy corpulento y el otro, de aspecto frágil lo secunda. El primero se saca el sombrero y dice secamente

-¿El señor Zalman?

-¿Quién lo busca?

El hombre corpulento responde con cierto fastidio

-Subcomisario Acébal.

El anciano frunce el entrecejo

-José Zalman era mi yerno… Falleció hace seis años. ¿Por qué lo buscaba?

El policía mira el piso un instante y luego levanta la vista

-Tengo que darle una mala noticia… Su nieta tuvo un accidente, murió…

El anciano pierde el equilibrio y se aferra a la puerta, de su garganta sólo sale una tenue exhalación ahogada con la que apenas puede pronunciar dos sílabas

-¿Cómo?

-Al parecer estaba jugando en las vías, se le engancho un pie en un durmiente…

El viejo niega con la cabeza

-No puede ser… Hace un rato mi mujer la oyó entrar… La nena siempre entra dando un portazo y después corre sobre el mármol de la entrada, todas las tardes la despierta a mi esposa con esos pasos que retumban por toda la casa, a mí no por mi sordera, recién me dijo que la escuchó…

El hombre más diminuto lo interrumpe y le confirma, no sin compasión, tanto en el tono como en la mirada enmarcada por cejas arqueadas

-Lo lamento, era su nieta…

El anciano se queda estupefacto, mirando hacia abajo.

El subcomisario inquiere cumpliendo un deber de funcionario que lo protege de toda emoción

-¿La madre de la nena?

El viejo tarda en reaccionar y musita

-Lila, mi hija. Murió… con José hace seis años…

-¿Usted está a cargo de la nena?

El anciano sólo asiente.

El policía grandote recibe el impacto de la tragedia que lleva sobre sus hombros ese viejo desmoronado por la noticia, ese hombre perseguido por la desgracia

-Si necesita algo llame a la seccional ocho, Acébal es mi nombre, si lo puedo ayudar…

Los hombres se ponen sendos sombreros al unísono y se alejan. El anciano se apoya contra la balaustrada y se cubre la cara con una mano. Luego entra a la casa dejando la puerta de entrada abierta. Desde afuera se ve al viejo entrar en su habitación, cerrar la puerta y luego de unos segundos se oye un grito desgarrado de la mujer.

 

(Seguir leyendo este cuento en Asfixia y algunos cuentos, libro a publicarse próximamente en formato impreso y digital, destacado con el Sello Talento por la Editorial Caligrama del Grupo Penguin Random House)

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