El reflejo

¿Deseas que te amen? No pierdas, pues,
el rumbo de tu corazón.
Sólo aquello que eres has de ser
y aquello que no eres, no.
Edgar Allan Poe

Cuando recibí su llamada, estaba tratando de bajarme “Kinky Afro” de Happy Mondays.
Ya había cliqueado varios archivos pero todos aparecían en violeta, seguidos del irritante “Remotely Queued”. No sé para qué atendí; lo único que me interesaba en ese momento era escuchar “Kinky Afro”. Una voz melancólica y acartonada murmuró al otro lado de la línea:
-Con el señor Bianco, por favor…
-Sí, soy yo.
-Ah, mucho gusto, mi nombre es Schwartz, me dieron su número en el diario…
Hacía mucho que no iba a uno de estos comedores donde la cadena de servilismo entre empleados termina enmarcada, de modo que no me sentí aludido cuando me trató de “señor” y de “usted”.
-Lo llamo por lo siguiente: quiero encargarle un cuento.
De pronto, uno de los archivos viró al naranja y apareció la leyenda “Waiting for network reply”.
-No, discúlpeme pero nunca escribí ficción por encargo…
Decepcionado, soltó un débil quejido, seguido de un silencio incómodo.
“Connecting to remote user”. Vamos, vamos
-Disculpe que sea insistente pero realmente necesito ese cuento.
Me molestó y me intrigó que hubiera utilizado una palabra tan artera
-¿Cómo que “necesita” un cuento?
-Sí, es algo muy, muy importante para mí. Le voy a pagar como si se tratara de una editorial de primera.
¡Por fin! “Connected, negotiating” Ya lo tenía
-El dinero no me importa- declaré casi automáticamente, como tantas veces, con la altivez intacta de mis lejanos dieciocho años.
-Si es por el tiempo, no se preocupe, ya esperé tanto que un poco más no sería nada.
-Es que nunca escribí ficción por encargo- reiteré esta vez sin excusarme.
-No va a ser problema para alguien con su imaginación…
-Bueno, todos tenemos imaginación, ¿Porqué no prueba usted escribir algo?
-No, ya probé todo y nada parece funcionar, realmente necesito que sea otro quien escriba el cuento.
En la pantalla apareció el rectangulito azul con el 0%, que pasó a ser 7%: el programa empezaba a descargar el archivo, lo que me permitió concentrarme en poner debidamente final a la conversación, pero Schwartz se me adelantó
-Mire… Bah, no sé por qué te estoy tratando de “usted”, creo que tenemos la misma edad, bueno, te digo francamente: es por una mujer… O sea, el cuento, se lo quiero regalar a una mujer. Es lo último que puedo hacer, de verdad ya intenté todo y es necesario que sea otro el que escriba el cuento, porque a esta altura creo que nada que salga de mí le va a gustar…
“Otro”, repetido con la convicción de quien presiente con certeza su destino, me infligió un instante de horror ontológico -ahora lo sé- que disfracé como una tranquilizadora sensación de extrañamiento. De todos modos, una causa tan noble como la conquista de una mujer esquiva despertó mi simpatía y, ya que el tema de los Mondays iba a tardar un rato en descargar, decidí escucharlo.
-¿Qué clase de cuento te parece que le puede gustar?
-¿Puede ser de género fantástico?
Enunciada de ese modo, la pregunta me hizo sentir un vendedor de telas
-No sé, depende de ella. Igual, ahora que lo pienso, ¿No estarás sobreestimando un poco el poder de la literatura? ¿O, en todo caso, lo que yo pueda llegar a hacer? ¿Por qué pensás que con un cuento vas a lograr lo que no pudiste por otras vías?
-Porque ella tiene un espíritu artístico…
-No me parece que sea suficiente, si vos no le gustás ni Dante te puede ayudar.
-¿Quién dijo que yo no le gusto?
-Bueno, por lo que me contaste me pareció que ella no está interesada en vos…
-Eso es otra cosa. Yo estoy seguro de que algo hay, no me importa lo que diga nadie, ni siquiera ella, yo intuyo cosas de ella que ni ella misma sabe…
Al final de la frase su voz comenzó a oscurecerse, como si hubiese sentido el impacto de haber pronunciado semejante sinsentido. Pero igual continuó, como un gladiador desangrándose que prefiere las fauces a un pulgar hacia abajo.
-No te voy a aburrir con detalles pero, aunque nunca pasó nada, yo siento que hubo momentos, palabras, miradas, brillos en los ojos, tan mágicos que me dicen que algo hay…
Una compasión espantosa se me amontonó de golpe: ese hombre atesoraba con abnegación en su memoria, pero peor aún en su corazón, palabras e imágenes que seguramente serían más que insignificantes para ella, brisas en otra mañana ventosa.
-¿Porqué un cuento? ¿Porqué no una canción o un dibujo?
-Yo necesito decirle cosas que por orgullo o timidez, que casi son lo mismo, nunca le dije. Pero es de vital importancia que no sean mis palabras, que las escriba otro…
-¿Por qué?
-Porque están malditas…
Soltó inmediatamente una carcajada aparatosa que me dio a entender que estaba ridiculizándose, incluso más allá de su intención de hacerlo.
-No, lo que pasa es que yo no encaré bien la relación, quiero decir, de un modo conveniente. Desde el primer momento me mostré totalmente entregado. No dejé lugar para el juego, para la duda. Ella intuyó de entrada que no tenía que hacer nada, que yo siempre estaría a sus pies. Y eso es muy poco atractivo: se quiere lo que no se tiene. Con el tiempo fue peor. Ya no sólo sentía atracción o amor por ella; sentía adoración. Me transformé en un devoto. Ir a verla era un peregrinaje que se iniciaba con los excitantes preparativos, elucubrando lo que diría y lo que ella respondería, tras lo cual yo diría… Y todo se proyectaba hacia los días posteriores, como imágenes de una película que no quería dejar de ver. Por eso todo lo que pueda decir o hacer ahora va a estar irremediablemente impregnado de ese aliento a esclavo que tanto la aleja de mí. Por eso necesito la intervención de otro. Necesito empezar de cero…
No supe qué responder. Pero me convenció. Me puse las ropas del sastre:
-¿Qué tendría entonces que poner en el cuento?
-Que en el instante que la vi por primera vez, no vi a la mujer más hermosa del mundo
-que lo es-, no vi al ser más encantador que haya conocido -que lo es-, ni siquiera vi lo que más deseo en esta vida -que lo es-; vi el futuro.
Aunque me pareció que lo estaba leyendo, lo cual le restó cierta frescura, no dejó de conmoverme que alguien todavía tuviese ganas de poetizar el encuentro con una chica. Quedamos en que no habría plazos pero ni bien yo tuviera un primer borrador se lo mandaría. Colgamos. Escuché “Kinky Afro” sólo una vez.
Los días siguientes fueron lluviosos, con excepción de los ocasos. Por primera vez anteponía a la búsqueda de la historia perfecta un objetivo tan pedestre como el de ayudar a alguien. Cuando el sol entraba en la curva descendente, invariablemente el agua dejaba de caer y con la luna todavía amarilla aterrizaban los primeros gotones. Di miles de vueltas al asunto, resucité viejas ideas, combinándolas, emparchándolas. Nada funcionaba. Ni los cielos cobrizos sobre el río violeta, en las tardes que entraban como alucinaciones por los dos ventanales del piso veinticuatro donde trabajo, lograron inspirarme. Me di cuenta de que la obcecación en la empresa de Schwartz se me había contagiado, con una insólita ansiedad que me impedía concentrarme y ser creativo. Me di cuenta de que la quería conocer. En un principio supuse que el otro se negaría por celos. No me sorprendió que accediera con fervor: ella era un motivo de orgullo para él. Había algo de exhibicionismo en esa devoción. Imaginé a un ejército de atormentados amigos y familiares, e incluso a algún somnoliento profesional de la psiquis, sometidos sin conmiseración a los pormenores de un fútil enamoramiento elevado a la categoría de gesta. Su única condición fue que no me hiciera notar, porque pondría en riesgo todo su plan. Me dijo dónde y en qué momento podría encontrarla, una hora ya casi desconocida para mí. Percibí una falsa modestia en la moderación con que me la describió, un pudor más propio de un artista para con a su obra.
Fue un viernes; eran las siete y diez de una mañana elemental: en el entorno rudimentario, en el aire fresco, en el aroma a madera mojada, en la claridad de las gotas que bajaban por el vidrio frío y húmedo detrás del cual la vi por primera vez: tomaba un desayuno blanco, bajo una gran sombrilla blanca que chorreaba lluvia, la única sombrilla desplegada en la terraza que daba al río. Estaba de espaldas. El cabello rubio que caía como una cascada inmóvil sobre el respaldo del sillón blanco, se recortaba contra el cielo veteado de largas hebras gris acero. Giró su cabeza por sobre su hombro derecho y miró al sur. Me regaló un perfil inolvidable, trazado con una precisión inequívoca. Todo el brillo del que una mañana de lluvia es capaz, se reflejaba en el iris celeste-verde-gris. La boca, de labios exactos, se entreabrió levemente para ayudar a la nariz a sentir el sabor de la brisa que le acarició el pelo.
Durante el viaje de vuelta sólo pude pensar en ella, envuelto en un éxtasis que tornaba al mundo en un decorado sin sentido. Sólo entonces, sólo cuando se tiene frente a uno a un ser de un aura tan estremecedora, se puede comprender -dolorosamente- el valor y la agonía de un hombre que solicita una tarea imposible. Creo que por primera vez lograba ponerme en el lugar de otro; con angustia rogué no merecer el mismo destino. Me pregunté si alguna vez volvería a tener un instante de sosiego, en el que pudiese olvidar esa cara. La respuesta tomó la forma de una historia que inevitablemente se tituló “El reflejo”.

* * *
El Reflejo

Extracto de la nota titulada “El reflejo”, firmada por Boccanegra (pseudónimo), aparecida en el número 14 (agotado) del semanario Espejismos:

“Durante el último congreso de criptografía que tuvo lugar en Ankara, fui el único que defendió la ponencia del representante cantonés, execrado y humillado por la intolerancia
-y la envidia, agrego- de nuestros colegas. Toda clase de burlas y desprecios acompañaron la exposición que, a pesar de su innegable falta de rigor, logró reinstalar un romanticismo de otra época, hoy repudiado dentro de la profesión. Y para colmo, el objeto de estudio no pudo ser nada más abyecto para los claustros como lo es el manuscrito Voynich. El manuscrito es una de esas piezas que a los verdaderos estudiosos nos incomoda y nos obliga a ejercer la antipática tarea de desdeñarlo, no sin resentimiento, como un pasatiempo de legos y embusteros, inescrupulosos que se lo han apropiado para la práctica de un esoterismo tan frívolo como lucrativo -rasgo este último que no se deja ver entre los nuestros-. Por ejemplo, en el prólogo -único fragmento escrito en lengua, es decir, fuera del código aún no descifrado- se señala: “Ésta es copia fiel del original que se encuentra guardado bajo las montañas que corren sobre la costa oeste de un lejano lugar, situado en el extremo sur del planeta”. Muchos han querido ver allí una alusión a un país de América del sur, como prueba irrefutable de un conocimiento sólo atribuible en el Medioevo a la intervención extrahumana. En conversaciones con amigos egiptólogos pude comprobar esa misma incómoda condescendencia al tratar temas como las construcciones de Gizeh. Nadie hasta el día de hoy pudo demostrar el carácter apócrifo del documento, pero no es menos cierto que su estudio ya es entendido por los científicos como un pasatiempo obsoleto, por lo que tampoco causó interés la noticia de la supuesta decodificación de una parte. Lo que enfureció realmente a todos fue menos la osadía del apóstata chino que el insólito resultado de su descubrimiento: una pieza literaria, un cuento.
La acción tiene lugar en una celda de un monasterio de Oxford, entre 1278 y 1294. Su único actante es Roger Bacon, presunto copista del manuscrito. El monje de Somersetshire había sido sentenciado tras la publicación de su herético Speculum Astronomiæ -otros señalan la Chrónica- que desobedecía la prohibición de Narbonne. En esa oscura habitación se operaron dos milagros. Uno precede y explica al otro. El segundo se trató de un hecho sustancial para el desarrollo del conocimiento científico; el primero, de carácter místico, fue su promotor. Bacon, transformó su celda en un laboratorio desde el que defendió la experimentación y la matematización como fuente del conocimiento, junto al estudio de las lenguas, lo que puede considerarse un hecho milagroso en plena escolástica, de la que tampoco abjuró.
El otro milagro, el primero, se produjo al comienzo de su cautiverio y lo sostendría por los siguientes catorce años. Una mañana, un suave viento fresco le recorrió la cara aún detenida en el sueño de un bosque. Entreabrió los pesados párpados y alcanzó a vislumbrar la forma de un reflejo dibujado sobre la intersección de dos de las paredes y el cielorraso. Se incorporó. Constató que el reflejo era originado por un rebote del sol que provenía desde el exterior y que se filtraba entre los barrotes de la escueta ventana heptagonal del cuarto. Al principio, el reflejo se mostraba como una maraña de luz confusa. A medida que el sol rotaba -vivíamos entonces en una era geocéntrica- el entramado empezó a buscar otra forma. Tardó. Poco a poco los puntos luminosos que se estiraban o se acortaban, se unían, se desprendían, formaban manchas o dejaban huecos, parecieron encontrar un instante de reposo en el que el conjunto cobró sentido. El condenado se puso de pie. Se estremeció. Sus ojos crédulos se agotaron de lágrimas. Y contempló, estático en la penumbra, la forma alcanzada por el reflejo: un rostro, el rostro de una mujer de una belleza utópica, perfecta y humana, salvaje, plácida, irrevocable, el rostro que tendría la verdad si fuese contemplable. Duró sólo un instante. El sol prosiguió su marcha y el dibujo entonces se pareció a una cara, luego fue de nuevo la maraña, y se desvaneció. El testigo cayó de rodillas y permaneció agazapado por el resto de la mañana. Todo ese día y los subsiguientes los destinó, en su lógica escolástica, a descifrar si había sido iluminado o maldito. Llegó, asombrosamente casi cuatro siglos antes, a una conclusión cartesiana: el milagro o la abominación se le había presentado a él, por lo tanto existía. Encerrado en un oscuro cubículo, por una no menos sombría injusticia, este razonamiento lo impulsó a continuar con la obra que lo sobreviviría. Pero no era un estímulo de orden dialéctico lo que obró de combustible al fuego de su pasión por el conocimiento. Fue algo de índole más imprecisa para un hombre de ciencia e indecible para un franciscano que dominaba el latín y el árabe: fue el profundo amor que sintió por la mujer que cobró vida en su mente a partir de esa visión.
Supuso que debería esperar un año para volver a verla: el sol debía pasar en un ángulo exacto al primigenio para reproducir el mismo reflejo. Pero luego entendió -y esto le produjo una amargura que lo abatió por semanas- que el objeto en el que la luz solar se había reflejado, bien podría no estar al año siguiente (“¿Y si fuese una ventana abierta en ángulo irreproducible?”) ni nunca más. Pero decidió aferrarse a la ínfima posibilidad de que el objeto sí estuviera esperando la llegada del haz y cumpliera su función en el universo de devolverle a él su éxtasis contemplativo. A pesar de que cada año renovaba su flamante fe -ya que iba a ser castigado por hereje, resolvió serlo- nunca más en los catorce que duró su confinamiento volvería a ver el reflejo.
A los dos años de su liberación, presintió que su paso por la Tierra estaba llegando a su fin y, ante el estupor de sus superiores, solicitó pasar sus últimos días en la celda donde
-secretamente- había vivido el momento más pleno de su vida. Su último despertar fue plácido. También soñaba con un bosque. Sus párpados débiles y arrugados se abrieron y en el preciso instante en que su corazón dejó de latir alcanzó a verla, en el mismo rincón oscuro, y a pensar: “La perfección es la muerte”.
Roger Bacon murió el 11 junio de 1294, en otra lluviosa mañana de Oxford.”

* * *

Cuando terminé de tipear la última frase -era también una madrugada templada – me di cuenta del error que había cometido: un amanuense aparece como personaje en el texto que transcribe. Decidí dejar este error que, llevado al paroxismo, involuntariamente sugiere una paradoja cíclica, que detendría siempre la narración en el punto exacto en que ésta es trasladada a la copia: supongamos que el texto original abarcase la totalidad de la vida del copista y no sólo, como en este caso, los años de encierro y la muerte. Una biografía que reprodujese estrictamente todos sus escritos. Al llegar al punto donde en el papiro original se describe cómo Roger Bacon lo reproduce en el manuscrito Voynich, volvería a la primera letra de la primera palabra que narra la vida del copista, por caso su nacimiento, hasta llegar, nuevamente, al momento en que el escriba se dispone a copiar el papiro, y así ad infinitum. Me regodeé en la no menos paradójica idea de que un aparente yerro de un escritor inhábil podía ser un dictado secreto de los buenos autores que moran en su espíritu o en su inconsciente. Supuse que Schwartz pasaría por alto el error -quizás ella no- y le mandé su cuento por e-mail. Nunca me respondió. Esperé tanto como pude. Me importaba mucho menos la falta de remuneración, que el saber qué le había parecido a ella. Una noche de humedad y de vigilia me llenó de valor para ir a averiguarlo.
La mañana fue despejada. El sol irradiaba una luz tersa que bañaba la terraza junto al río. La esperé de pie apoyado sobre una baranda de madera, mientras la ansiedad me recorría el pecho. Cuando llegó y se sentó en la misma mesa, bajo la misma sombrilla, no notó mi presencia. Me acerqué hasta que mi sombra le alcanzó el rostro y declaré:
-Schwartz es un mentiroso, “El reflejo” lo escribí yo…
En un instante jamás imaginado por mí, me había convertido en un traidor. Yo, que proclamé a cuanta audiencia tuviera delante que la lealtad es el valor más importante de la condición humana, sucumbí a la infamia de la delación, un animal contradictorio que se alimenta de la verdad y de la falsedad en partes equivalentes.
Levantó el mentón con una parsimonia aristocrática y me susurró, entreabriendo los labios arqueados, sonrientes:
-¿Qué?
No buscaba una respuesta, sólo me miraba, con una curiosidad diáfana. Yo no necesité hablar, lo supo mi sangre, que se aquietó. El tiempo se alargó porque era de los dos. Sentí que esa mañana me había esperado en esa terraza toda mi vida. Mucho después, en alguna conversación de cama me dijo, casi con las mismas palabras, que ella había sentido lo mismo.
Sobre Schwartz informo: ella no lo conocía, pregunté en el diario, no pude encontrar a nadie que supiera de él ni mucho menos que le hubiera dado mi número, les pedí a los de “policiales” que lo rastrearan -creo que ingresaron en la computadora del Departamento Central de Policía-, busqué en la guía telefónica, fui al Registro Nacional de las Personas. Había varios Schwartz -no muchos- pero ninguno era el que me había encomendado el cuento.
Hasta el día de hoy sólo pude elaborar dos hipótesis sobre el caso. La primera, fue austera y sensata: Schwartz estaba loco y yo no podía encontrarlo por ninguna parte. La segunda, visceral e irremediable, es irreal y verdadera: se había dado cuenta -finalmente- de que la única forma de alcanzar el amor de ella era siendo otro. Ningún cambio en su aspecto o en su conducta, por más arduo y esmerado que fuere, alcanzaría para enamorarla. Debía ser otro. Aunque ello conllevara una contradicción evidente. No le importó. En un desesperado arrebato fáustico ofrendó su propio ser a cambio de estar junto a ella. Su deseo le fue concedido. En el instante en que mi mirada se encontró con la de ella en la terraza, aquella mañana soleada, Schwartz dejó de existir. Y empezó a ser otro: yo. También en ese instante dejaron de existir todos los rastros de su vida, por eso ella no lo recordaba, ni los del diario, ni constaba su nacimiento en el Registro. No intento sugerir que el espíritu de Schwartz se apoderó de mi cuerpo o de mi mente, ni pretendo hacer de esto un relato gótico. La operación es más sencilla: el nombre Schwartz ahora es Bianco; sus manos ahora son las mías, las que tocan la suavidad de la piel de ella; sus oídos, que ahora son los míos, ya no oirán nunca más un rechazo… Me pregunto qué sería de él si algún día ella dejara de amarme.
Una tarde que ya está perdida en mi memoria, encontré una copia de “El reflejo”. Me di cuenta de que ella nunca lo había leído. Le pedí que lo hiciera y se lo llevó. Al rato volvió, me besó y me dijo:
-Te amo.
Le pregunté qué le había parecido. No le gustó.

Marzo de 2005

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